DEBATE PSEUDORREFLEXIVO DE LAS CASTAÑAS EN ESCABECHE.
Un día de primavera (si no recuerdo mal), estaba yo sentada escuchando las interminables divagaciones del profesor de lengua. Miré abstraída por el color de los árboles que veía por la ventana, que ciertamente hacía un día estupendo. Un día de sol que hacía brillar las hojas de las plantas que en el patio del recreo sobrevivían.
Por un altibajo de las palabras del profesor volví la mirada hacia la clase, que entonces en comparación con el exterior me parecía gris, y no solo porque estuviésemos dentro de un habitáculo, sino por las personas que en ella se sentaban. Aun así había luz, demasiada, las lámparas del techo estaban encendidas.
Acto seguido, sin pensarlo demasiado, me levanté. Simplemente me guié por mi naturaleza de alma libre que hasta entonces era hasta mi llegada a aquel colegio, y que a partir de entonces no la tendría. Me dirigí hacia el interruptor de la luz de la clase, el cual se encontraba a espaldas del profesor. Añado que éste aún seguía con sus explicaciones de nuestra lengua materna. Pero entonces, miré de reojo un poco, sentí un silencio absoluto y las miradas de tod@s mis compañer@s se me hincában sin piedad en el cogote. Además de eso, después me contaron que el silencio empezó desde que yo me levanté de mi pupitre.
En efecto, incluso el profesor, más que nadie, tenía cara de estar preguntándose por qué los árboles crecen, o por qué el pan cruje bajito… Quién sabe, tuve la sensación de que empezaría a dar clases de física. Pero en realidad pensaba que me iba a echar de clases. Y aunque pensé todo esto en décimas de segundo, mientras le miraba la cara, lo cierto es que se limitó a verbalizar: ‘¿Qué haces?’
Miré hacia todos lados, nerviosa, y mi cara empezaba a teñirse del color de las bolas de navidad. ‘Pues… apagar la luz.’
‘¿Por qué?’ –insistió mi profesor frunciendo la boca. No lo podía creer, pero el maestro se estaba partiendo la caja por dentro- ‘Vi que no hacía falta la luz porque hace sol e ilumina bien la clase, por eso.’
Desde ese momento hasta que llegué a mi pupitre no recuerdo nada más. Lo que sí sé es que para algunos fui la graciosa del día. Para otras la insolente, pero precisamente no para mi profesor, quien seguiría pensando que era lo mejor que le había pasado en todo el día. Para aquellas que fue una experiencia mala, por lo visto no es de costumbre levantarse de la silla en medio de una explicación –cosa que yo había hecho toda mi vida, si era menester-, y menos apagar la luz.
Así que desde entonces, hay gente que me recuerda por ello, por buena o mala conducta. Pero solo para una persona fue el acto que definiría parte de su futuro desde ese momento: Cristina.
En el momento en que soltó aquella frase, todos rompimos a reir. Era esa chica tan callada que habitaba en algún lugar de las clases. En su pupitre, siempre encorvada escribiendo y moviendo papeles. Cogía un boli o un lápiz de color o un subrayador de su petadísima cartuchera rosa y se sumergía en la hoja de papel en la que escribía, ninguno sabíamos qué: ninguno sabíamos si cogía apuntes de las clases o si se dedicaba a pintarraquear en los cambios de clase. Pero lo cierto es que allí estaba, con las gafas puestas y su pelo rubio. A menudo vestía una sudadera gris con un rótulo en rosa, sobre todo los días de examen que acompañaba con ojeras y las gafas rosas.
…Entonces todo el mundo descubrió de ella algo espectacular: la a menudo ausente y sumida en sus apuntes había abierto la boca para algo más que para hacerle la pelota a la profesora/or. Ya la conocíamos un poco, y todas/os esperaban que lo hiciera más veces. Se formaba un corro a su alrededor recordándole la anécdota y riéndose de lo ingenioso de su comentario.
Yo prevalecía en mi sitio con Marta, hablando de nuestras cosas, pero lo cierto es -aunque no lo parezca, que aunque no manifestáramos nuestra simpatía hacia ella-, que antes incluso de decir algo gracioso para toda la clase, ya la considerábamos dentro del grupo de las raras de nuestro colegio. Es decir, de las no estúpidas/os.
Fue una especie de ósmosis, que de manera paulatina y no recuerdo cómo, Cristina fue formando parte de nuestro grupo que, dentro del colegio llegamos a ser parte del grupo de los ‘frikis’.:…
En la medida en que fuimos teniendo pequeñas charlas en clase, y más adelante en los recreos, fuimos adquiriendo información común de unas y otras, (pues solo había un chico dentro de nuestro grupo). A ella le llamó la atención mi pendiente de tenedor, y así establecimos conversación.
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Desde que se hizo la no-luz iluminada, desde que se alzó la carcajada de gracia, han pasado tres años. Y hemos hablado desde cosas como la muerte de seres querido, como del sonido de un aguacate al despegarlo en dos mitades. Desde la belleza de la naturaleza, a la putrefacción en general…
Hemos vivido desde un día en su casa sin saber qué hacer, hasta gritar guturalmente una noche cualquiera por la calle. Perdemos un poco más de vergüenza cada vez que nos vemos, o al menos yo. Puede que el culmen de nuestro absurdo paso de los días sea la perfecta normalidad que nos rodea. Somos la absurdez desperfecta que más me gusta. Nosotras podemos proponernos andar a gatas durante un día si queremos. Podemos hacer la comida en el balcón de su casa, tirar confeti con rostros serios mientras vamos por la calle, hacer un paso de Semana Satánica, disfrazadas con calaveras y pasearlo por la calle, depositar cocos en los techos de los coches, rapearle a un viejo mientras duerme, lamerle los cogotes a los transeúntes…Todo eso y más, porque es nuestra diversión. Nuestra mente está jodida y quisieran los demás que fuera productivo para ellos. La clave está en mimetizar el antagonismo del mundo que nos rodea. Lo cual solo existe para nosotras.
Ella me ha dado una vida que cualquier otra persona no podría aunque quisiera. Porque de eso se trata, ella lo hace sin querer cambiar mi personalidad, cualquier otra persona intentaría cambiarme para ser como aquella, y hacer lo que hace porque es lo que le divierte. Pero CrisCo va a su aire y yo decidí y decido aún seguirla.
Si hablo de dar, me da hasta vergüenza. Tanto sentimientos y momentos como cosas materiales…Llega un momento en que soy humana y empiezo a plantearme si soy buena amiga o incluso buena persona por aceptar tal maravilla de persona. Tantas cosas que me da y yo no sé cómo devolverle. Por eso esto está escrito en tercera persona, porque no quiero que creas que esta es mi manera de devolvértelo todo, porque harían falta muchas más como ésta, que tengo en mente cumplir…
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Y aquí estamos, en el momento decadente, del que no quiero que se comente nada como respuesta, como un ‘tonterías Elena’.
No seas modesta, o me sentiré peor.
Creo que he relatado bien nuestra historia. Falta la gran mayoría, este es solo un breve resumen del resumen resumido de un resumen de una frase que compone una de las historietas que hemos vivido.
Y concluyo con un triste pero esperanzador saludo desde Granada para Navarra, pues dentro de poco ya estamos pululando por Jerez.
Con todo mi cariño,